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 Ojos tenebrosos

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Sílfide de plata
Duende
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Localización : Mirando las lágrimas que corren por le cristal. ¿Quién sabe si son mías?

MensajeTema: Ojos tenebrosos   Dom Mayo 25, 2008 6:02 pm

Capítulo I: Ylenia

La noche era de un frío mordaz .El invierno se notaba en el ambiente, que estaba totalmente congelado, pero no en el reino celestial. Las estrellas centelleaban más que nunca, iluminando los campos de Virz, un pequeño pueblo. En esta noche que los astros señalizaban como especial, un caballo galopaba con una fuerza excepcional. Sus pupilas abiertas de par en par reflejaban su inmenso cansancio y se sentía desfallecer después de tan larga carrera. Pero su jinete no prestaba atención a su montura. Temiendo lo peor, maltrataba a la yegua para que acelerase. Tenía prisa, y su apremio era descomunal. Los luceros del limbo lo observaban e infundían en su alma valentía y decisión.
Llegados al pueblo, el infierno paró por fin, y el rocín aprovechó abiertamente ese improvisado bálsamo. Se repantigó en el suelo de la plaza, llevando todavía a su caballero. El jinete se desprendió de ella con presteza y echó a correr hacia una pequeña casa, en medio de la aldea.
Se precipitó sobre la puerta y empezó a llamar escandalosamente, con la urgencia en las ventanas del alma. Mientras lo hacía gritaba desesperado:
-¡Abrid! ¡Es urgente!
Al principio nada ni nadie le respondieron. Demasiado alterado como para escuchar su sentido común, se puso a sacudir el portón. Con alivio, escuchó unos cuantos ruidos prometedores, y una voz oxidada preguntó para su consuelo:
-¿Quién es?
-¡Tom Colitz!
De nuevo se repitieron los rumores y el denominado Tom se mordió el labio inferior, nervioso y exasperado por la lentitud de los habitantes de la morada. Unos susurros que parecían alentadores fueron aumentando de volumen. La puerta se abrió para dejar pasar a un hombre viejo, que, al parecer, estaba acostumbrado a ese tipo de entradas a medianoche. Todo un veterano del lugar llamado Virz.
-¿Qué pasa esta vez? preguntó, hastiado por la inoportuna interrupción que, aunque era frecuente en su vida, no terminaba de gustarle.
-Mi madre va a dar a luz. ¡Le necesitamos, y rápido! Estos minutos que estamos perdiendo en explicaciones son segundos de vida que se le escapan a mi hembra,
respondió Tom, que se preguntaba por qué decía aquello, y por qué se había dejado llevar por su amor hacia su creadora.
-Si todavía sé contar a mis años, es el décimo hijo, dijo en un gruñido el anciano. Y no hables así de Mariana. Ella necesita un merecido respeto, solo por soportar al marido que le ha elegido la naturaleza. A tu edad yo la llamaba mi señora, o Madre con M mayúscula, como todos los niños del mundo. Se ve claramente que tu padre ha influido en ti…
Una brusca mirada del chico le hizo callarse. Si había influido en él, también le habría enseñado el “arte” de la lucha. Y eso era muy peligroso, sabiendo quien era su padre.
Pero su hijo no parecía dispuesto abofetearle. Más bien parecía que tenía…miedo.
El joven estaba esperando impaciente encima de su caballo .Estaba tan nervioso que torcía sin cesar las riendas. Su altanera figura se había desvanecido como por encanto y su mohín de desprecio no permanecía en su rostro.
Un minuto más tarde, los dos estaban sobre sus respectivas monturas, dándoles a los flancos sin cesar.
La del viejo, aunque estaba más entrenada para esas carreras nocturnas, permanecía al ritmo de la yegua de Tom. Éste había recuperado la chispa de locura que lo caracterizaba, e incitaba a todos a la tentación de imitarle.
Interrumpieron su loca carrera en el límite del bosque, delante de una enorme casa con huerto .Era la casa de los Colitz, majestuosa y respetada por todo Virz.
El anciano la miraba con un rastro de terror y venganza en su mirada. Cuando habló, una nota de desprecio se percibía en su voz.
-Hay que estar locos para vivir tan cerca del bosque, tan cerca de ese cementerio de elfos -murmuró para sí mismo el viejo.
Tom lo miró, extrañado por su comentario. Había llegado a sus oídos, y no lo comprendía. El viejo se dio cuenta de lo que había dicho realmente. Se acordó de las palabras del padre Colitz, cuando su mujer tuvo al chico robusto que seguía delante de él. De lo que predijo y repitió, para que nada ni nadie olvidase sus palabras. Su primer hijo estaba allí en ese momento, pero sólo tenía dos días y dormía profundamente, por lo que no oyó a su progenitor lanzar su amenaza que debía ocultarle la verdad…para siempre. Pero el abuelo sí que las había oído, y las tenía todavía presentes en su memoria octogenaria.
“Quien revele a mi hijo y a los que seguirán, que el bosque oscuro y prohibido al lado de nuestro hogar es el cementerio de tantos cuerpos elfos, quien le cuente esas leyendas del fantasma de su caudillo, estará seguro de que, esté donde esté, mi daga lo encontrará, y sufrirá horriblemente toda la eternidad, haciéndole imposible la vida después de la muerte, la llegada al Edén.”
Y él lo había hecho. Sin querer, es cierto, pero lo había hecho; y sabía que le era imposible escapar de ese hombre.
En ese momento se oyó un grito desesperado que le salvó de las preguntas de Tom, salvándole igualmente la vida. Una chica de trece años estaba de pie en el marco de la puerta, mirándolos totalmente destrozada. Su largo pelo estaba revuelto por correr de un lado para otro, y sus ojos enormes aparentaban el terror total. Le faltaban varios dientes, y el anciano la reconoció: era Anaïs, la rebelde de la familia. La gente la reconocía por su cara llena de cicatrices, que atestiguaba las peleas con su padre. Pero ahora no parecía una decidida chica rebelde, sino una niña llena de rencor.
-¡Tom! ¡Doctor!¿¿¿¡¡Qué hacéis ahí parados cuando Madre está a punto de morir???!!
El llamado doctor se sobresaltó y se puso a correr hacia ella a la velocidad que le permitía su cuerpo cansado. No dijo nada porque la muerte atenazaba a la madre, pero le hubiese gustado dedicarle una sonrisa a esa joven que estaba destinada a grandes cosas. Había notado su cariño y respeto hacia su madre, y alababa esa cualidad que no veía en el primogénito. Pasó al lado de ella y todavía pudo oír, al doblar la esquina del oscuro pasillo, los gritos de esta dirigidos a su hermano mayor .No pudo evitar una sonrisa. Anaïs era valiente y descarada, cosa que no se percibía en su padre, que era cobarde, maleducado y dominador. Se notaba que la chica se parecía a su madre, o por lo menos cuando era joven. Reprimió a duras penas una lágrima al recordar la llegada del fornido individuo que había venido a llevarse sus cualidades y que la había convertido en una criatura indefensa. Sin embargo, no todo se había perdido; Anaïs había nacido trayendo la esperanza consigo. Esa fierecilla se precipitó sobre Tom sin ningún miedo y le soltó toda la rabia y todo el miedo por su madre que llevaba dentro. Este embarazo había sido peor que los otros. Mucho peor.
El doctor siguió el camino que conocía a lo mejor demasiado bien y entró en una pequeña habitación en la que la familia al completo miraba una mujer que estaba en la única cama. Él los imitó, y lo que vio no fue muy halagüeño.
La madre estaba pálida como si estuviera muerta. De su garganta no salía ninguna queja, pero sus ojos mostraban un horrible sufrimiento que no parecía tener fin.
Seguía viva, pero no por mucho tiempo, y el médico lo sabía. Era inevitable que ella se quedase débil el resto de su vida después de aquello.
El doctor pidió estar solo con ella .El padre y los hijos se retiraron, suplicando de los ojos al doctor que intentase salvarle la vida.
Pasó un largo tiempo en silencio y no se oyeron lloros, ni quejidos: lo único que se oyó fue un trueno. Bajaron la cabeza pues eso no podía significar nada bueno, seguro. Una tormenta estalló encima de sus cabezas y desde la ventana de la habitación contigua, asistieron a una tempestad de rayos .Ningún trueno, (aparte del primero). Los más pequeños se pusieron a llorar, y cuando ya el padre iba a ver qué pasaba, salió el doctor. Tenía algo entre los brazos, un pequeño bultito que se quedaba quieto y no emitía ningún sonido. El doctor levantó la cabeza. Tenía cara de agotado.
-Han sobrevivido.
Fue una autentica explosión de alegría. Los niños rodearon al doctor, gritando “¡Quiero verlo!” “¡Quiero verlo!” El padre los hizo retroceder a todos con un solo gesto, y se acercó al recién nacido.
Lo que vio le dejó sin aire.
Unos ojos negros y profundos como un pozo, lo miraban. Un rostro impasible, encuadrado por unos cabellos negros alzó la cabeza hacia su padre. La criatura no movió ni una ceja.
El padre se dio la vuelta, totalmente desconcertado. Normalmente, un recién nacido no veía Viendo la inquietud de sus hijos, se forzó por sonreír, y dijo:
-Es una niña.
Un silencio se instaló en la sala; nadie sabía cómo reaccionar.
-Venid todos a verla. De menor a mayor.
La madre se había puesto en pie, y había salido de la habitación. Estaba cansada, pero parecía feliz y solemne a la vez.
Los niños, obedientes, se inclinaron uno por uno para mirar a su hermana.
Venían con una sonrisa, impacientes por verla, casi saltando, intranquilos, y volvían a sus sitios sorprendidos. Su hermana les había parecido....diferente.
El doctor los fue observando, uno por uno. Él también se había quedado con ojos como platos al verla por primera vez. Ni siquiera había respondido a su mirada; la quiso dirigir a la tormenta.
Cuando todos la vieron, preguntó:
-¿Cómo la llamaréis?
El padre frunció el ceño, mirando con fastidio a sus hijos. Esos mismos que se mostraron tan sumisos minutos antes ahora hervían de rebeldía.
El padre suspiró y respondió:
-Mi esposa y yo, habíamos pensado llamarla Rosa, como mi vieja madre...
Su mujer no parecía de acuerdo, y abrió la boca para responder, pero él se adelantó:
Desgraciadamente, nadie estaba de acuerdo. Y con nueve hijos....En fin, que les pedimos su opinión, y cuando creíamos que no iban a responder, el pequeñín me plantó cara y dijo rotundamente:
“Proponemos Ylenia y Cunegunda.”
-Dos nombres estúpidos como ve. En fin, todavía no sabemos.-aclaró el padre.
-Muchas palabras para no decir nada. Tengo sueño y no me importan las rencillas de familia.-gruñço el viejo.
-Err...sí claro, se puede ir. Gracias.
-De nada. Sólo espero encontrar mañana delante de mi casa lo prometido.
-Le doy mi palabra que lo encontrará.
El doctor inclinó la cabeza y salió de la casa.
Cuando el ruido de los cascos de caballo desapareció, el hombre se dio la vuelta hacia sus hijos, y en tono severo dijo:
-Ya os he dicho mil veces que no me gustan. Cunegunda es un nombre para las princesas engreídas y el segundo, nunca lo he oído. ¿Quién ha tenido esa idea?
-Yo, papa,-dijo una pequeña voz.
Todas las miradas se volvieron hacia Carolina, una niña de ocho años que entretenía una gran amistad con quién había sido un obispo, que había abandonado ese oficio para ejercer el de adivino. La gran familia lo respetaba cómo todo el pueblo, pero, a diferencia de este, les infundía un miedo indescriptible. Si fuera por ellos, ese viejo acabaría en la hoguera
-¿Quién te ha dado esa idea?-preguntó el padre, temiendo la respuesta.
-Clovis, el adivino-respondió Carolina, los ojos brillantes-dice que si no llamamos así a nuestra hermanita, no encontrará su lugar en el mundo.
-¿Y el nombre de Cunegunda, de dónde sale? pregunto la madre.
-De Cloë, respondió la chica de trece años que acababa de entrar con Tom, la oí hablar con Miriam, la hija del herrero. Estaba contándole su encuentro con Alfredo. Oyó el nombre que pensaba ponerle Carolina y se puso blanca de envidia. Ese chico tan feo le pone mucha importancia a los nombres, entonces pensó en proponer uno feísimo.
Una chica de once años enrojecía cada vez más a cada palabra de su hermana mayor. Pero cuando sintió que todo el mundo la miraba, levantó la cabeza y cada una pudo ver la cólera que retenía. Con gran esfuerzo por no alzar la voz, respondió entrecortadamente:
-Anaïs, habrás oído mal. Miriam y yo estábamos hablando de otra cosa. Y no deberías escuchar las conversaciones ajenas.
Hizo una pausa, tomó aliento y volvió a la carga:
-De todas maneras, Cunegunda es un nombre muy apropiado. Es así cómo se llama la chica más rica del país. Si la llamamos Cunegunda y triunfa, será gracias a mí.
El padre parecía a punto de intervenir, pero su hija se le adelantó:
-Cloë, todos sabemos que mientes, pero no que lo haces tan mal. Creía que te habías especializado en eso, a fuerza de practicarlo tanto, pero al parecer sigues como el primer día. No esperaba es...
No pudo acabar la frase. Cloë se había echado encima de ella, y la arañaba con toda su furia. El padre se interpuso, pero a duras penas pudo arrancarla de Anaïs. Cloë se levantó, mirando despectivamente a su padre. Se arregló el pelo, desafiante. Otra pelea hubiera explotado de no haber sido por una voz quebrada que les devolvió un poco la calma.
-Yo no quiero llamar a mi hija así. Ese nombre me recuerda la historia que me contó mi abuela de una noble engreída y cruel que reinaba en esta comarca hace tiempo. No pienso recordar esa historia todos los días, al mirarla. No se merece eso, dijo la madre.
-Entonces, ¿como la llamamos? preguntó Carolina, esperanzada.
-Está claro, ¿no? Rosa. No pensareis llamarla Cunegunda después de esto respondió el padre.
-No, pero podríamos llamarla Ylenia...murmuró la niña.
-Se llamará Ylenia, pequeña mía.
Todas las miradas se volvieron hacia la silueta femenina de su madre, acariciando el pelo de Carolina. Cruzó la mirada de su esposo.
-Es un nombre bonito...y me gusta.
Él inclinó la cabeza, cediendo. Pero eso le hizo recordar algo, al mirar a la pequeña Ylenia dormida.
-Todos a dormir.
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Mar Mayo 27, 2008 5:36 pm

Ya sabes lo perezosa que soy para escribir un comentario decente, aunque este no sea el caso, porque a veces hay historias que te dejan sin palabras que decir, también te he dicho muchas veces que escribes muy bien, creo que al final vas a creer que te miento de tanto que insisto, pero es cierto. Esto ya te lo comenté en otro foro, y me cuesta encontrar palabras para definir cuánto me ha gustado, así que espero que estés bien con este micro coment... lo siento >.<
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Mar Mayo 27, 2008 9:02 pm

Si vieses de cerca los míos no dirías eso xD. Bueno, un coment es un coment, y yo sigo ( si me cabe)

Al día siguiente, Carolina se despertó muy pronto. Apenas durmió unas horas, pero se sentía fresca como una rosa. Ardía en ganas de anunciarle a Clovis la gran noticia.
Se precipitó al pueblo, y, en su ansia por verle, no noto que no había nadie en las minúsculas calles, habitualmente llenas a esta hora.
Se percató de algo anormal al llegar a la casa de su amigo.
Una muchedumbre se apiñaba alrededor, y no veía el hogar del adivino. Cuando preguntó que pasaba, un viejo se dio la vuelta y la miró tristemente:
-Tú que tenías una gran amistad con él, deberías despedirte. Clovis ha muerto, pequeña Carolina. El rayo partió y quemó su casa y su cuerpo, a medianoche, la hora de las brujas. ¿Para que querías verle?
Carolina se había puesto pálida. Antes de echarse a llorar, murmuró:
-Le quería anunciar el nacimiento de mi hermana, a medianoche.
Desde el día en que nació, Ylenia fue considerada como bruja....
* * *
Quince años más tarde, la pequeña había crecido.
Se había convertido en una chica guapa, con el cabello negro que le llegaba hasta la cintura. Era esbelta, alta y solitaria. Nunca jugó con los otros. Prefería la soledad, el silencio y la oscuridad. Por eso, acababa pronto su trabajo para ir al lugar prohibido: el bosque.
Sus orejas eran mucho más puntiagudas, sus ojos eran dos pozos negros sin fin y sus manos eran finas y delicadas como la porcelana. Tenía la piel pálida y no sonreía jamás. Casi nunca hablaba y todos los vecinos del pueblo la evitaban. Todos la consideraban como bruja, pese a los esfuerzos de su familia para apagar los rumores.
Pero ella no les daba las gracias. Estaba sumergida en su mundo sin prestar atención a cuanto lo rodeaba. Le daba igual lo que dijera la gente de ella. Y sus parientes estaban acostumbrados a su rostro impasible y a sus ojos negros mirando a través de toda las cosas.
Desde que había nacido, dos otros niños vinieron al mundo: Leïla y Arturo. Todos sus hermanos a excepción de ellos dos ya se iban apropiando de la granja. Salvo Anaïs que había muerto de la peste. Toda la familia se reunió para su funeral, y cada uno de ellos miraba a Ylenia casi con odio. Esta se había enfadado con su hermana tres días antes.
Sin embargo, en ese entierro las miradas de los indiscretos se precipitaron sobre ellos, pues allí notaron algo que hasta entonces se les había escapado.
Todos eran rubios, bajitos y adoraban el sol. Todos menos Ylenia.
No ayudaba nada que cuando nació, Clovis murió por el rayo. Carolina lloró durante una hora, sostenida por la gente del pueblo. Su único consuelo fue que su hermanita se llamaba como el lo deseó. Pero lo que Ylenia más odiaba aparte del calor, el fuego y el sol, era que la llamasen hermanita.
Pero lo que era más extraño de ella, era que cada noche de luna nueva, tenía que dormir fuera. Su familia la dejaba porque la primera vez que no lo hizo, al día siguiente tenía los ojos rojos como brasas, la voz grave y ronca y sus cabellos saltaban por todas partes, enmarañados. Para que volviese como antes, tuvieron que esperar hasta la próxima luna nueva. Pero cada vez, sus orejas se volvían más puntiagudas, sus ojos más negros y se volvía más bella, más diferente.
Los chicos de su edad, vecinos del pueblo, a pesar de las advertencias, se acercaban más a ella que las chicas, sólo para mirarla. Ejercía una extraña atracción sobre ellos, y se sorprendían varias veces al verla pasar, en esperar que les dirigiese la palabra.
Pero en el fondo, preferían mantener las distancias con ella. Tenía algo en la mirada que hacía retroceder al más osado .Por todo lo que era y lo que no era, no tenía amigos.
En verdad, no quería amigos.
Era bella, cierto, pero inquietante, ignorando a todo el mundo de esa manera fría y dura. No se había ganado la simpatía de nadie, y no se la quería ganar.
Los únicos días que a ella le gustaban eran los de frío y oscuridad. Le encantaba notar el frío meterse en su cuerpo, recorrerlo y helarlo. Cuando la oscuridad la volvía invisible, una bola de euforia subía por su garganta y a duras penas lograba retenerla. Sin embargo, no apreciaba los días de lluvia y viento, pues la furia del cielo la dejaba indiferente.
Así era Ylenia, y así fue durante toda su vida.....

Capítulo II: Tragedia

Era un caluroso día de verano. La recolecta de duraznos era dura pero productiva, y ese año todo los pequeños había sido requisados para la tarea, incluida Ylenia.
Sus hermanos y hermanas estaban sumidos en una gran conversación.
Todos participaban, menos ella. Estaba callada y no escuchaba nada. De repente, Carolina, que se había unido a los pequeños excepcionalmente, se dio la vuelta hacia ella y le preguntó inocentemente:
-Y tú, Yle, ¿acaso sabes la historia de tu nombre?
Ylenia la miró. Encontraba esa pregunta estúpida y no le gustaba nada que la llamasen “Yle”. Quería acabar con este trabajo, y una charla no haría más que retrasarla y obligarla a estar una hora más sin la frescura del bosque. Le dio la espalda a Carolina y anunció despectivamente:
-Lo único que sé es que es el nombre menos....-inspiró, como para prepararse a lo que iba a decir-...vulgar de esta familia.
Inmediatamente, se arrepintió. No debía dejarse provocar como Cloë. Pero tampoco debía excusarse por todo como Carolina. Decidió no responder a lo que le dijeran, y volvió al arduo trabajo.
De repente, una mano de hierro le forzó a plantar cara a su familia. Esa mano le retorcía su muñeca, intentando hacerle saltar las lágrimas.
Inmediatamente, Ylenia hizo un movimiento rápido y preciso. Instantes más tarde, era ella la que sostenía brutalmente a su agresor. No se sorprendió nada al ver que era su hermano mayor, Tom, que se creía el justiciero de la familia.
Lo soltó con cuidado, no sin antes haberse preparado a esquivar algún ataque de su mayor. Con sorpresa, vio cómo se incorporaba y la dejaba en paz. Se alejó de allí, indignado, dejando a su hermana Carolina la responsabilidad de Ylenia.
Carolina le respondió, como si no hubiese proferido su provocación:
-Eso no es una historia. Estoy segura que te interesara escucharla.
Ylenia inclinó la cabeza y volvió a su trabajo, evitando prolijamente su mirada. Haciendo caso omiso de las miradas de desprecio que le dirigían, se alejó de allí. Pero Carolina la retuvo suavemente, y le pregunto:
-¿No te interesa saber el origen de tu nombre?
-No te molestes en contármela.
-Pues la voy a contar de todas maneras.
Dice la leyenda que habrá otra Ylenia con ese poder que ella creó por inadvertencia. Todas las niñas que bautizaron así, murieron antes de la adolescencia. Y es gracias a Clovis y a mí que tienes ese nombre. Podrías darme las gracias.
-¿Debo darte las gracias por haber fantaseado sobre mi futuro?
Ylenia había acabado su parte. Depositó su cesta llena y se fue dirección al bosque.
De repente, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. La historia de su nombre no la había impresionado, pero saber que debía su nombre a una especie de profecía le puso de malhumor.
Pero el escalofrío no tenía nada que ver.
Había sentido que algo pasó, algo extraño. Algo nuevo, inesperado, mágico. Acarició lentamente sus orejas puntiagudas. Le gustaban los misterios, pues le recordaban algo lejano.
Sus piernas la llevaron al frondoso bosque. De repente, se dio cuenta de que pasaba algo anormal. El día era caluroso y soleado, pero en el bosque el frío conquistaba paso a paso. La invitaba a adentrarse. Una sutil mueca parecida a una sonrisa iluminó su cara, y con confianza, se metió en el bosque. Llegada al fondo, vio una luz tenue.
Escondiéndose en la oscuridad de los matorrales, pudo distinguir, para su sorpresa, a su padre, hablando con un desconocido vestido de rojo. Pero la conversación, al parecer, había terminado. Sólo escucho dos palabras, dos palabras decisivas:
-Entonces, ¡muere!
Un resplandor plateado en la oscuridad. Un grito de sorpresa agonizante. Un olor de carne chamuscada. Un cadáver.
Un momento más tarde, su padre estaba en medio del claro, sin vida.
No contaba mucho para Ylenia, pero verlo así, nadando en su propia sangre, con ese olor de carne quemada, la hizo explotar. La joven sintió que todo su ser pedía ser liberado e intentó calmarse cerrando los ojos. Cuando los abrió, miró alrededor suyo.
Lo que vio la dejó sin aliento. Todo el claro estaba recubierto de una espesa capa de hielo.
Ylenia se miró las manos. No sabía que había pasado.
Dirigió su mirada hacia su ropa, instintivamente, y se dio cuenta de que ya no llevaba el habitual vestido negro remendado, sino que en su lugar halló una camisa negra y unos pantalones ajustados del mismo color. Se llevó la mano a su larga cabellera a juego. Esta no había cambiado. Seguía suelta y lisa. Suspiró, y salió de su escondite con precaución, pero el desconocido había desaparecido .Tuvo que renunciar a buscarlo.
Volvió a su casa, esperando una buena reprimenda de la parte de sus hermanas mayores.
Pero al salir del bosque, lo que vio la paralizó de horror.
De su casa no quedaban más que unas cuantas ruinas carbonizadas. Un olor nauseabundo de carne quemada infinitamente peor que el que minutos antes salía del cadáver de su padre, invadía el aire. Se puso a toser tanto el olor era fuerte. Al avanzar, descubrió los cuerpos de sus hermanos. De ahí salía el olor.
Desesperada, se puso a buscar a su madre entre los trozos que quedaban de su hogar. Y por la primera vez de su vida, dos lágrimas corrieron por sus mejillas. Pronto, en su cara había todo un torrente.
Buscando así, descubrió un papel milagrosamente indemne.
Esperando ver algo útil, lo recogió y leyó lo que había escrito:
Querida María,
Un extraño individuo me ha obligado a seguirlo bajo amenaza de una extraña llama que hizo aparecer. Haz que los niños se refugien en casa, es muy raro y seguramente brujo. Espero volver a verte,
Pedro

Los trozos del puzzle se recomponían en su cabeza. Seguramente, su padre había rechazado lo que le ofreció el hombre, o lo que le dijo de hacer. Era un brujo, y, quisiese lo que quisiese, había destruido por su ira, toda la granja y sus habitantes.
Eso no le daba información sobre su madre. Todavía no la había visto, viva o muerta.
No le gustaba el olor de los cadáveres, pero no sufría por sus hermanos. A pesar de que los más pequeños no le habían hecho el más mínimo daño, los mayores volvían su vida en un infierno.
Todos salvo Carolina.
La dulce, la suave Carolina, que le dio su nombre, que amaba.
Sacudió la cabeza. No debía pensar en eso. Derrochar lágrimas por aquello era indigno de ella. Miro con repugnancia los cuerpos de su familia. Odiaba esa forma de matar. Demasiado caliente.
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Dom Jun 01, 2008 9:12 pm

De repente, vio la mano de su madre, pálida, entre los escombros, y de una fuerza que no conocía, retiró todo su cuerpo.
Vivía todavía.
Su madre era la única persona a la que tenía un poco de cariño la joven. No la molestaba en absoluto, y la dejaba en paz no por miedo, sino por respeto. La miraba como una persona especial, no como una atracción de feria.
La mujer hizo unos cuantos gestos débiles, indicándole que se acercara. La chica le obedeció, se puso a su lado y le murmuró, con los ojos rojos por reprimir sus lágrimas:
-No temáis. Os sacaré de aquí, ma...
-¡No! ¡No me llames así! ¡No soy tu madre y nunca lo seré!
Ylenia se enfrió un poco debido a la sorpresa. Su madre no había perdido la cordura, decía la verdad.
-Explícamelo. Mi nacimiento ha sido un suceso de muchos cotilleos.
-Escúchame. Los cotilleos y los rumores son una cosa, la realidad es otra. Y supongo que nadie te la habrá contado. Lo comprendo, pues nadie puede describir el resentimiento que sintió hacia ti al tenerte en sus brazos. Probablemente yo tampoco me hubiese enterado a no ser que Tom lo comentó conmigo librándose del peso de sus pensamientos inoportunos.
Él solo me contó lo que había sentido al sostenerte en sus manos firmes, que temblaron al notar lo extraordinario y lo incontrolable que había en ti.
Sintió miedo; miedo de tu cólera repentina que podría liberar un día tus dones, buenos o malos, y perjudicar a alguien. Y tenía razón, al fin y al cabo, de temerlo.
Ylenia sostuvo su mirada, desafiante y orgullosa pese a la situación.
-Es lo que pasó con Anaïs, ¿verdad? No te pudiste controlar.
-Lo sé, pero no me arrepiento. Después de ese accidente, ya solo utilicé mi poder para defenderme. Pero tendrás que comprender que para mí fue algo muy grave.
-Puede que sea verdad, pero deberías saber que el dolor de una madre es inmenso al perder a una hija. Me gustaría saber que te dijo para ponerte así y romper tus murallas.
-Mereces saberlo. Me trató de....niña fogosa y llena de rabia ardiente.
La madre movió la cabeza débilmente.
-Ahora lo entiendo todo. Ya he notado que odias todo lo relacionado con la luz, el calor y el fuego.
-La luz tenue y plateada es bonita. Pero prefiero la oscuridad total para pasar desapercibida.

De repente, la madre emitió un largo suspiro.
-El tiempo se me acaba...
Ylenia se acercó aún más, aterrada por la visión de la mujer.
-La muerte recorre paso a paso mi cuerpo, Ylenia. Te lo tengo que contar rápido...
La joven depositó su mano fría en la frente de la madre. Esto la ayudó a empezar:
-Cuando el doctor y yo estuvimos solos en la habitación, la ventana se abrió con violencia. En circunstancias normales, yo habría chillado, pero, débil como estaba, ni siquiera podía hablar. El doctor parecía hechizado, y yo estaba aterrorizada.
Una sombra se proyectó en la pared, y una silueta ágil entró en el cuarto. La ventana se cerró, y pude percibir una corriente fría recorrer mi cuerpo.
La persona que había entrado era una especie de duendecillo, que se puso a hablar con voz grave. Al principio eran palabras indescifrables, pero luego pareció cambiar de opinión y dejo al doctor hacer su trabajo.
Por desgracia, mi hijo murió antes de respirar una sola vez aire puro.
De repente, el duendecillo pareció desperezarse y se acercó a mí. Solo cuando estuvo a la luz tenue de las velas pude ver que llevaba un pequeño bultito arropado en unos harapos que debían haber sido ropas lujosas en el pasado. El duendecillo abrió la boca, pero esta vez hablaba normalmente. Me dijo que yo era la madre adecuada para la Elegida, y que así lo había decidido el destino. Yo no entendía mucho, pero me callé porque en ese momento te vi. Tu portador siguió y me reveló que eras una niña especial, destinada a hacer grandes cosas. Tu nombre era Ylenia, y seguramente nos traería problemas. Yo debía decidir.
De repente, volviste la cabeza y pude contemplar tus ojos. Creía que estabas durmiendo, pero en verdad estabas contemplando la tormenta.
Me daba la impresión de caer por los pozos negros que representaban tus ojos. Pero al fondo del todo, una luz plateada me acogió y me envolvió en una especie de sueño, un sueño que era la vida que me hubiera gustado vivir. Cuando volví a la realidad, ya había decidido.
El duendecillo me dio las gracias y me dijo que te cuidase bien, porque serías la única que me vería morir, la única que me ayudaría a dormir por fin en paz. Luego me preguntó el nombre que pensaba ponerte si hubieses sido un chico.
Yo respondí Nilo. Era el que quería yo desde siempre, pero a tu padre adoptivo le parecía demasiado de fantasía. El duende me miró de forma enigmática y murmuró algo que no pude oír. Luego levantó la cabeza y se transformó en un trueno. Lo sé porque me lo contaron luego, pero en verdad yo oí una terrible llamarada de furia contra Clovis, al que le enviaron la muerte, para que tu secreto no fuese olvidado.
Solo un poco más tarde me di cuenta que algo resplandecía en el lugar dónde la extraña criatura había desaparecido. Me levanté a duras penas y te confié al doctor que se comportaba normalmente de nuevo.
Me acerqué al resplandor con precaución, y recogí lo que había en el suelo. Era una pequeña cadenita plateada, con un signo extraño como colgante. Era una especie de rombo del que parecían salir cuatro diamantes blanco-azulados. Había una pequeña inscripción detrás. La verdad es difícil de conseguir-

La mujer se paró. Ylenia estaba paralizada. La verdad lo volvía todo más oscuro, misterioso, pero a la vez estaba tranquilizada. Pero su madre no había acabado:
-Me lo quedé y lo guardé para dártelo en le momento propicio. Búscalo, estoy segura que te servirá.
Ylenia negó con la cabeza.
-Antes de eso, tengo que llevarte al pueblo. Ahí te podrán salvar.
En el rostro de su madre adoptiva se dibujó una triste sonrisa.
-¿No lo comprendes, Ylenia? No hay salvación para mí. Mi destino era morir, y que te revelase todo esto en este momento. Es así, Ylenia, y nada lo puede impedir. Me han consentido unos minutos más para explicarte la verdad, pero ahora que he terminado la muerte me relama a gritos, como debe de ser.
Esas fueron sus últimas palabras. Había encontrado el reposo eterno.
Pero algo resonaba en Ylenia. -Mi destino era morir-
¿El destino? El destino no existía, y si sí, lo decidías tú. Su madre adoptiva había elegido morir por ella. La gente era extraña, se preocupaba más por los otros antes de salvar su propia piel.
Se levantó lentamente. Quería darle una tumba decente a su madre, destino o no. Se merecía algo solemne, pues era una persona que no encontraría en ninguna parte.
¿Enterrarla, como era la costumbre? No, debía de ser algo diferente a las tradiciones, un signo de rebelión contra ese destino.
¿Quemarla, como su familia? Ni hablar, era lo peor que se le podía ocurrir, usar fuego y eliminar sus restos mortales.
En verdad, soñaba con confeccionarle una tumba de hielo, digna de una reina. Pero era incapaz de hacer aquello, pues tuvo que admitir que, Elegida o no, sus presuntos poderes no se manifestaban cuando ella los llamaba. Triste y sin poder, pasó sus manos sobre la frente deliciosamente y desesperadamente helada. Al instante sintió el frío salir de su cuerpo, y durante un momento, le pareció que iba a sucumbir bajo su ausencia. Abrió los ojos, jadeante y sorprendida, y retiró las manos.
Una tumba de hielo decorada con esmeraldas negras contenía a la madre.
Sorprendida, acarició sus orejas. La revelación de su madre adoptiva le había abierto muchas puertas, y saber que no pertenecía a esa familia le daba un poco de sentido a su existencia. Saber que una persona la quería de verdad era un sabor extraño para ella. Nunca había tenido un día amargo, como nunca tuvo un día maravilloso. El tiempo pasaba y lo único que contaba para ella hasta ahora era los momentos pasados a oscuras en el bosque.
Pero en este momento estaba libre. Podía correr al bosque y pasar su vida allá, en su elemento, o descubrir la verdad sobre sí misma. Sacudió la cabeza; ya sabía la respuesta. Quería encontrar sus orígenes y hurgar en el pasado.
Pensó en su escalofrío. ¿Qué lo había provocado? Estaba segura que fue un aviso a lo que iba a pasar. ¿Acaso el desconocido tenía algo qué ver? Era la causa de todo lo qué había pasado. Pero….imposible. Fue un escalofrío agradable, como cuando sentía el frío colarse en su fina ropa.
Se acordó de repente: había visto sus orejas un momento, un instante, pero suficiente para distinguirlas, ¡eran como las suyas!
Se negó a estar emparentada con semejante monstruo. La idea por si sola aparecía absurda. Obligó sus pensamientos a concentrarse en los indicios que poseía para encontrar a su madre de sangre. Ella era la primera etapa para conseguir la verdad.
Realmente tenía solo su nombre y ese colgante desaparecido. Lo primero era encontrarlo, pero ¿y después?
En las bribas de leyendas que había oído, sólo los elfos tenían las orejas puntiagudas. Encontrar más información sobre ellos era necesario; temía que ella y el desconocido sean de esa especie.
Se mordió los labios y empezó a rebuscar en su memoria a ese colgante. Esperaba encontrar una pista para encontrarlo, pero al final se rindió: no lo había visto nunca. Otro pensamiento aún más desalentador acudió a la cita: ese desconocido, después de desembarazarse de su familia adoptiva, podía haber saqueado la casa y encontrado el colgante. Intentó mantener la calma; era difícil encontrar una cosa pequeña en los escombros para alguien con prisas, y él no había tardado mucho.
Despúes de reflexionar un rato, decidió empezar a buscar alrededor de su madre, pues estaba en su habitación cuando ocurrió el drama. Dirigió su mirada al sol, que por una vez le iba a hacer un favor: el colgante era de plata y la luz lo distinguiría entre las ruinas. Al rastrear toda la casa, encontró algunos trozos de su antiguo hogar todavía ardiendo por lo que concluyó que una inmensa bola de fuego había caído sobre la casa. Eso sólo la hacía sentirse aún más incómoda en ese lugar, pues corría peligro.
Pero todos esos pensamientos se esfumaron al ver la cosa tan esperada.
Algo relucía a diez metros de ella, y durante un momento pensó que era el colgante. Su desilusión no tuvo límites cuando vio que sólo era una moneda de plata. Estaba a punto de pegarle una patada pero volvió a la razón en pocos instantes: ¿qué estaba haciendo? Esa moneda le podía ser útil para desplazarse. La recogió con precaución, temiendo una trampa, pero el efecto fue más bien inverso.
A Ylenia le pareció que el ambiente se congelaba, que el calor se volvía frío y que la suave brisa se había convertido en una traicionera corriente heladora. Su preferida.
Cuando abrió la mano, abrió los ojos al máximo y aún no se lo creía. Tenía el colgante ahí, en sus manos. Justo como lo había descrito su madre: un rombo del que nacían cuatro diamantes de plata, con la cadenita plateada. Con las manos temblorosas, la joven se la puso en el cuello.
Un relámpago de luz inundó todo lo que veía, cegándola por completo .El suelo que yacía bajo sus pies se volvió incandescente, haciéndole insoportable su estancia en la tierra firme. Se puso de puntillas, pero el ardor la martirizaba cada vez más, y no tuvo otro remedio que saltar y dejarse llevar por sus sueños de despegar por fin.
Notó su salto y el alivio de sentir sus pies escaparse al suplicio. Esperó el golpe de la ardiente tierra, pero, por un fenómeno inexplicable, no llegó.
Seguía levitando a veinte centímetros de la superficie. Sorprendida, miró el colgante con suspicacia. Este destilaba una luz oscura, que envolvía paso a paso su cuerpo, haciéndola aún más tenebrosa. Ylenia no se preocupó ni un momento; mantenía la cabeza fría y a no ser de su semblante demasiado serio cualquiera que la hubiera apercibido no habría notado nada. La chica sintió su organismo congelarse con lentitud. Y de repente, percibió algo que circulaba en ella, algo que la hacía invulnerable al exterior; nada podía dañarla en ese momento. Entró en trance, en una especie de sueño real que le hizo fantasear sobre todo y nada.
Una mujer se encontraba delante de ella. Le era familiar y sus orejas eran como las suyas: un elfo. Tenía el pelo enmarañado, el miedo en la cara y en sus ojos se escondía el odio. Abrió la boca como si fuese a escupir víboras, pero en vez de aquello habló con voz serena y una nota de cariño se establecía en sus palabras:
-No tenemos mucho tiempo, pero es esencial esta conversación, tanto para mi como para ti.
En ese punto, su locución se cambió en firme y fría:
-Tienes que escuchar, es vital para el futuro de millones de seres. Un elfo de fuego me ha asesinado a traición, apoderándose de riquezas indignas de él como los favores de varias personas importantes. Cree que se ha librado de un buen peso, pues ignora tu existencia. Demuéstrale que sigo en el mundo, y venga a tu madre. Así podré descansar por fin en paz. No te fíes de tus presuntos hermanos y hermanas, porque un traidor se esconde en su sombra. Ella eliminará a los suyos de un golpe. No vale la pena perseguirla si no ayuda al elfo.
Pareció dudar un momento, pero luego su expresión se dulcificó y predicó con el mismo tono que al principio:
-Cuida de ti, hija mía.
De repente, Ylenia abrió los ojos. Se sentía un poco conmocionada, y un extraño mareo la atenazaba, pero en sus ojos se podía leer la satisfacción: había visto a su verdadera madre.
Ya no tenía nada que hacer en su antiguo hogar carbonizado. Este lugar la había visto venir y se había defendido con uñas y garras: sabía lo que pasaría por su culpa. Sin embargo, ella no se sentía culpable: su madre había elegido y ella había dado vida a casi todos los que habían vivido aquí. Ya no tenía familia, ni refugio. En verdad, desde que vino aquí nunca los había tenido.
Se despidió de su madre adoptiva cuidadosamente, pasando el dedo sobre su ataúd. Se levantó y le dirigió una última mirada. Estaba tranquila, en el cielo era feliz.
Recorrió toda la casa y llegó al lugar donde había encontrado el cadáver de Tom. Se veía que algo había pasado: todos los cuerpos de sus hermanos adoptivos estaban amontonados y desnudos, con una sorpresa grotesca en el rostro. Ylenia se enfureció; había que ser cruel para hacer aquello, pues aunque ella nunca los había apreciado, eso era ridículo para cualquier ser; ridículo y odioso. Profanar la memoria, aunque fuese de animales era digno de perros sarnosos. Recordó la prevención de su madre, y lo que había mencionado: una traidora escondida en la sombra eliminaría a los suyos. Dirigió su mirada hacia los cadáveres y los detalló uno por uno. Cuando comprendió quien había sido, una cólera fría la invadió.
Chloë.
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Jue Jun 12, 2008 11:27 pm

Bueno, como sabes, los comentarios me salen cortillos y me cuesta exprimirlos... espero que te sirva que quiero que continues, que me gusta mucho la historia y no sé que decirte que no te hayan dicho ya....
Bueno, por Ojos tenebrosos me quedé muuucho más adelante, así que mil perdones si no te comento.
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Vie Jun 13, 2008 12:56 pm

Oh my God!

Sabes que adoro esta historia, me alegro de que la hayas colgado aquí.

Pero un consejo, los que no la han leído probablemente se asusten al ver trozos tan grandes, y cambien de idea (lo dice quien quiere que le señalen xD). Intenta poner trozos más pequeños, y así es más fácil que sigan tu historia. Leer a ordenador un trozo largo suele dar pereza, y aunque gracias a tu estilo se lee muy rápido y fluido, la gente no lo sabe, y no se atreve.

A parte de eso, ya sabes lo que opino de tu super historia ¿no? A ver si editan ya los libros xD

Besos Very Happy
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Lun Jun 16, 2008 8:21 pm

Voy a seguir tu consejo, pero estaba dejando trozos grandes por que como ya sabes, la tengo bastante avanzada, y también tenía que pensar en los lectores como vosotros, que quereis enteraros de más. Pero voy a esperar un poco...
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Mar Oct 28, 2008 1:31 pm

Na, na, na. NO viene nadie, me he cansado de esperar, así que vuelvo al ataque hasta que llegue al sitio dónde estabamos, y punto se acabó.

Si hubiese sido una humana corriente habría gritado, chillado a los cuatro vientos que odiaba a esa chica. Pero Ylenia no era alguien normal, y simplemente se quedó mirando a sus hermanos. Parecía perdida en un mundo paralelo, soñando con cosas imposibles; pero en verdad reunía todo lo que sabía de Chloë. Los recuerdos afluían sin obstáculos: era una chica que siempre había querido ser rica y poderosa, dispuesta a todo para conseguirlo. Esta creía que ser campesina no era digna de ella, y miraba a su familia de manera altanera, una manera que exasperaba a sus hermanos. Con sus pestañas alargadas y sus labios tentadores, Chloë esperaba conquistar el rico del pueblo. Había querido llamarla a ella Cunegunda, solo para que no obstruyese en su "carrera". Frunció el ceño. Nunca le había caído muy bien, y sabía que era capaz de cualquier cosa, pero no se esperaba esto. Ridiculizar de esa manera a su familia mostraba su odio hacia ellos, un odio sin fundación para Ylenia. A menos que....
No formara parte de esa familia. Sí, era posible. Ella era entonces la traidora.
Ylenia había analizado esos datos con frialdad. No le importaba Chloë, no era peligrosa. ¿O sí? No lo sabía y decidió centrarse en ese elfo de fuego. Aunque ahora tenía que buscar información sobre los elfos, para descubrir que era ella realmente. En el pueblo era imposible, eran demasiado supersticiosos, no confiaban en ella y no encontraría mucha, por no decir ninguna. Rebuscó en sus recuerdos y por fin lo encontró. Un lugar grande, en el que una se pueda esconder y que no esté demasiado cerca de su antiguo hogar. Un lugar importante, donde todos los juglares se reúnen.
La Biblioteca de Elikumos, la ciudad luz.
Sí, sin duda era la mejor opción. Tenía bastantes pegas, porque estaba muy lejos y el camino hacia ella le era desconocido, pero era el único lugar. Y de todas maneras, ¿qué importancia tenía la distancia? Todo le había demostrado que no era alguien común, y que podía hacer cosas extraordinarias.
Volvió a centrar sus pensamientos en como llegar a Elikumos la Grande. Ella sabía la primera parte del camino, pero nada más. Recordaba vagamente un hombre barbudo y extraño que había pedido hospitalidad en Virz, con la excusa de que su viaje de partida de Elikumos, la Capital, había sido agotadora. Un mero recuerdo que le podía ser útil; el hombre había dicho que la ciudad se encontraba hacia Lor. Ylenia no había prestado atención en las pocas clases que daban en el pueblo, pero al menos se sabía los puntos cardinales: Lor, Tis, Xut y Kev.
También le había enseñado geografía de la comarca, y donde se encontraba la ciudad más próxima. Esta se llamaba Parmena, y se encontraba al Kev de Virz. Las otras cosas que había aprendido las sabía por sus pocas excursiones en la taberna del pueblo: un hombre llamado Ocet iba cada día a la ciudad a vender sus hortalizas, frutas o carnes; lo cambiaba por una anfora de vino y un puñado de birlits, la moneda "nacional". El hombre llevaba su mercancía cada tarde en una espaciosa carreta, y siempre le sobraba sitio para eventuales pasajeros. Por unos cuantos birlits, claro esta.
Satisfecha, Ylenia sacó la monedita de plata que había encontrado entre los escombros momentos antes. Apenas se había dado cuenta que era un birlit; simplemente lo había recogido como una maquina, sin ni siquiera fijarse. Se dio la vuelta y emprendió el camino hacia el pueblo, sin mirar hacia atrás.
Andaba como un autómata, sin ver realmente el sendero. Sentía que el humo iba a alcanzar el pueblo de un momento a otro, pero aquello no la preocupó. El camino no era muy largo, pero a Ylenia le pareció una eternidad. Llegó a la entrada del pueblo e intentó evitar la plaza; pero el herrero se echó sobre ella, escandalizada, murmurando palabras incoherentes pero fuertes, palabras que llamaron la atención a los otros aldeanos. La joven los tenía todos encima, preguntándole lo que había pasado, pidiéndole explicaciones. La chica ya se preparaba a una fuga cuando apareció un joven alto y fornido. Tenía el pelo castaño propio de los lugareños, pero sus ojos azul oscuro enseñaban lo contrario. Ylenia lo conocía solo de vista, y nunca había sentido nada hacia él. Era el hermano del Alfredo, el "hombre" más atractivo del pueblo, por el que suspiraban casi todas las veinte añeras. Por no decir todas.
Su hermano también tenía éxito, y las chicas rechazadas por Alfredo siempre se volvían con él. A Ylenia le parecía un poco cruel, porque se aprovechaba de las jovencitas, pero no lo odiaba. Sentía desprecio y solo un poquito de admiración, pero nada más.
"Alto, alto, alto. ¿Qué estás diciendo"
Ylenia bufó. Esa irritante vocecita le empezaba a fastidiar realmente...
Pero no tenía tiempo para pensar en eso. El hermano de Alfredo, cuyo nombre prefería no recordar, se avanzó hacia ella lentamente, disfrutando de la sensación de creer tenerla en su poder. La chica se encogió de hombros y habló para sorpresa de todos con una voz firme y sin temblar.
-Alguien ha provocado un incendio en mi casa mientras que yo vagaba por el bosque, buscando a mi padre desaparecido.
Hubo murmullos de terror, pero nadie habló en voz alta.
-Todos se han muerto, y ese desconocido ha apilado sus cuerpos como signo de odio hacia ellos.
-¿Todos?
Una mujer vieja se había juntado a los curiosos. Ylenia la reconoció: era la viuda del doctor. No dudó ni un momento en responder la verdad:
-Todos sin excepción.
La anciana se había quedado lívida. Sus ojos solo mostraban terror...y odio. Cuando respondió, su voz sonó como un chillido histérico.
-¡¡Bruja!! ¡¡¡Confiesa, lo has hecho tú!!!
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Jue Oct 30, 2008 6:50 pm

La verdad es que es un poco raro que Ylenia no se sintiese triste después de lo de su familia, pero creo que nunca llegó a ''encajar'' en ella...
Pobre cuando la anciana la acusó de que había sido ella quién había incendiado la casa... ¿Eso es porque cuando la chica nació la vieron distinta?

Leí hasta buff... mucho más adelante, por eso no sé muy bien qué decirte o qué preguntar...


Última edición por Blessure Saignant Souffrí el Vie Oct 31, 2008 5:25 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Jue Oct 30, 2008 9:55 pm

Naa, di sigue pronto hasta que llegue al lugar, ¿vale?

Un gran revuelo se formó en la callejuela. Todos se habían abalanzado sobre Ylenia, incluso los más jóvenes. La chica los evitó con evidente facilidad y se escapó de ellos rápidamente. Solo cuando ya le había dado la vuelta a la esquina sus vecinos se dieron cuenta de que había desaparecido.
Ylenia corrió tan rápido como pudo. Aunque sabía que no la alcanzarían, no aminoró la marcha. Ese desagradable encuentro no había mejorado las cosas. El hermano de Alfredo...era la persona con la que preferiría no volver a verse nunca. Los aldeanos eran bastante necios, incluido Alfredo. Pero su hermano era una excepción.
Ylenia saltó para evitar un fajo de madera y continuó corriendo a toda velocidad. Ese chico no le gustaba. Una cosa era ser atractivo y rico, y otra tener un poder de seducción que no tenía fronteras. Hasta ella había llegado a sentir algo por él...
"Eso era cuando yo era pequeña e ingenua, hace..."
Dos años. En esos dos años era cuando realmente se había dado cuenta de sus posibilidades y de sus restricciones. Y entre sus posibilidades no estaba el hecho de seducir un humano...
"Pero, ¿qué estoy diciendo? Yo soy tan humana como él."
La chica evitó un palo que yacía sobre la mugre del suelo. Debía de encontrar a Ocet, y rápido. Si este se daba cuenta de que la mayoría de sus vecinos la perseguían, no tenía escapatoria.
Estaba pensando en aquello cuando sintió una presencia. Intentó esquivarla, pero una mano férrea la agarró, impidiéndole escapar. Volvió al cabeza hacia su agresor y se quedó muda de terror.
El hermano de Alfredo.
Ylenia no pensó mucho, inmediatamente le propinó un tremendo puñetazo. O por lo menos lo intentó.
Su puño solo encontró el vacío. El chico se había movido como un rayo de luz, y se encontraba ahora detrás suyo. La chica ni siquiera se molestó en darse la vuelta; simplemente lanzó su pierna hacia atrás. El joven no se lo esperaba ni tan rápido ni tan fuerte, y para alivio de Ylenia, se cayó al polvoriento suelo. Ella lo abandonó ahí, tocandose las partes doloridas. Corrió sin descanso y fue a parar a la plaza del mercado. Ahí estaba Ocet, cargando su carromato tranquilamente, ajeno al revuelo. Estaba a punto de partir a Parmena.
La chica se acercó lentamente, precavida, y dijo en un susurro:
-Ocet, llévame a Parmena. Tengo birlits y te puedo pagar.
El hombre no se sobresaltó. Miró a Ylenia, y ella pudo ver que era aún más necio de lo que decían. Frunció el ceño al oler su aliento a vino y siguió:
-Vamos, y rápido. Cuanto antes partamos antes podrás beber el famoso vino de la ciudad.
Ocet asintió y subió a su carromato. Este estaba lleno de cajas, pero Ylenia consiguió hacerse un sitio que le permitía saltar en cualquier momento. No era muy cómodo, pero se aguanto.
Cogieron un sendero accidentado. Los baches hacían incomodísimo el corto viaje, pero la chica lo aguantó con paciencia. Ocet, en cambio, parecía tan acostumbrado a que todo se moviera que ni se inmutaba en los saltos. El pueblo se volvió en un punto en el horizonte.
Por fin lejos de allí.
Ylenia se repantigó un poco más en su sitio, aliviada. Ya no había peligro.
Miró un poco el camino pero no se fijó mucho en él. Miraba delante de ella esperando ver de un momento a otro la ciudad. Ocet no dirigía muy bien el carromato, y estaba cantando con sus hipos y su aliento a vino:
-Yo soy eeel que ¡hip! te vaaaa buscar ¡hip! preeeciosidaad...
La chica, incómoda, se tapó las orejas. Estuvo a punto de soltarle a Ocet que no le había pagado para que imitase el cacareo de las gallinas, pero se retuvo. Al fin y al cabo, ese hombre seguía teniendo una lengua para hablar de ella. Suspiró, exasperada.
El sol estaba empezando a ponerse, mientras que la luna saludaba su partida junto a alguna estrella. La noche avanzaba paso a paso y Ocet enmudeció para alivio de Ylenia. El hombre aceleró la marcha de su carro y pronto divisaron en las brumas una ciudad. Parmena.
Lo primero que pensó la joven era que la ciudad no parecía mucha cosa. Las dos torres que la dominaban no eran muy altas, y la gran puerta estaba carcomida. Las murallas no eran seguras y toda esa mole parecía peligrosa. Ocet conversó un poco con los guardias, y solo cuando la luz de la luna se reflejó en su colgante notaron su presencia.
-No puede ser, Ocet. ¡No me digas que es otra hembra!
Ylenia ni se inmutó, pero al parecer Ocet tenía ganas de charlar con el guardia.
-En efecto. Y como ves, no es muy fea.
-¿Te apetecería prestármela? Esta noche no tengo turno y seguramente me aburro.
Unas sonoras carcajadas acogieron el comentario. Ningún sonido cruzó los labios de Ylenia.
- Depende de lo que me pagas. Pero si tienes birlits y un poco de vino, encantado. ¡Eh, escuchar todos! ¡El que pague más se lleva esta belleza por una noche! Y acordaros...una noche es algo muy largo...
La chica no escuchó más. Todos los guardias se acercaban a ella, con una expresión de avidez que no presagiaba nada bueno. Ylenia no se acobardó y lanzó una formidable patada a uno que se había atrevido a llegar más lejos. Cuando notó que se derrumbaba, saltó de la carreta y traspasó las puertas con rapidez. Oyó gritos de estupor y de rabia, pero no miró hacia atrás. Se escondió en una callejuela y esperó.
De repente, notó que pasaban justo a su lado. Eran dos de los guardias, que seguramente la buscaban. No pudo evitar una mueca de desprecio. Imbéciles.
Los dos hombres tenían cada uno una daga y Ylenia sabía que si los atacaba, revelaría su presencia. Retuvo la ira que amenazaba con ahogarla a duras penas y pacientó un poco. Al cabo de un rato, los guardias volvieron a su puesto, dispuestos a hacerle pagar a Ocet el hecho de que había dejado escapar tal preciosidad. Uno de ellos añadió en voz baja:
-No te puedo decir lo que haría con esa chica si la volviese a encontrar.
El otro rió cruelmente. Era una risa sarcástica y horrorosa; pero eso no le bastó:
-No bastaría con humillarla, ¿verdad?
Ylenia se estremeció. Había comprendido perfectamente esa amenaza, y sólo cuando las siluetas se desvanecieron se permitió el suspiro de alivio.
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Sáb Nov 01, 2008 3:07 pm

Uuf, qué seres más depreciables... Qué ganas de tirarme al cuello de alguno xD Lo que tiene que aguantar Ylenia...

No puedo decirte mucho más ahora mismo, pero procuraré hacerte comentarios más decentes u.u

¡Sigue!
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Mar Nov 04, 2008 9:56 pm

No puedo...no tengo tiempo...


La tranquilidad duró poco. Se oyó un ruido de pasos que se podían decir sigilosos, y el chirrido inconfundible de un cuchillo al rozar la piedra. Ylenia hizo un rápido movimiento; justo a tiempo.
Un puñal resplandecía en el lugar donde antes se encontraba ella.
No pudo verlo durante más tiempo. Inmediatamente, y para su sorpresa, un hombre con una barba descuidada de varios meses, con olor a vino y vestimentas remendadas se derrumbó delante de ella. Se dio de bruces contra el mugriento suelo, pero Ylenia no lo examinó: sabía que estaba muerto.
Al mismo tiempo surgió de entre las sombras un chico de unos dieciséis años. Tenía el pelo rubio con mechas castañas descuidadas y unos ojazos morenos tirando a negro que parecían comerse el mundo. Una sonrisa pícara se dibujaba lentamente en sus labios llenos de cicatrices. Pero de todos estos detalles, uno fue esencial para Ylenia: el chico agarraba con fuerza un puñal ensangrentado.

Capítulo 3: Nilo

Ylenia se lo pensó dos veces antes de abrir la boca. Ese chico era un completo extraño y Parmena resultaba peligrosa. La lógica le decía que era sólo un villano más, pero el instinto opinaba de otra manera. Decidió no echar a correr pero se puso en guardia; al fin y al cabo no iba a arriesgarse por instinto. Y pese a todas sus precauciones, los movimientos del joven se sucedieron en un relámpago. En un segundo estuvo detrás de ella e intentó agarrarle las manos. Pero en eso Ylenia tenía experiencia. Se escapó de él con facilidad y le dio frente. Cuando se dispuso a atacar el chico habló:
-Sabes, es muy raro ver chicas tan guapas en Parmena; y mucho menos de noche cuando están ocupadas.
Ylenia soltó un bufido, exasperada. ¿Es qué los hombres sólo pensaban en eso? La dichosa manía empezaba a fastidiarla de verdad.
-Tú te callas si no quieres verte en el suelo.
Las palabras se le habían escapado de la boca. Sentía una ira real en su garganta, pero intentó controlarla.
-¿Verme en el suelo? No es muy tentador, pero tampoco estoy dispuesto a arrastrarme a tus pies. Y mucho menos en esta ciudad.
Sí, sobretodo, pensó Ylenia. Lo más importante para los hombres era el puro y duro orgullo. Que se los lleve el diablo; ella ya se había retenido demasiado tiempo.
-Muuy importante: que no te vean tus compañeros. ¿Es que crees que todas las mujeres son prostitutas?
Ya estaba harta de ellos. ¿Por qué, por qué no se callaban de una dichosa vez? Sacarla de sus casillas solo empeoraría las cosas, lo sabía. Pero durante un momento se olvidó de su cólera al ver un cambio en el rostro del chico: estaba más serio que nunca.
-Espero sinceramente que no. Y por eso te hablo; las desprecio.
Dudó un poco pero continuó.
-Sin querer ofenderte, no creo que te puedas defender de todos los villanos que hay por la noche. Y de vez en cuando aparece un loco de esos sin...ocupación, digamos. Si no te has dado cuenta, eres una chica muy tentadora. Y joven, añadió.
Ylenia lo miró a los ojos. Ahora le inspiraba una súbita confianza.
-¿Qué me propones?
Una sonrisa enigmática le respondió. El chico no abrió la boca. Se movió ágilmente y empezó a andar con rapidez. Ylenia lo siguió, prudente pero curiosa. ¿Era posible que alguien le inspirase tanta confianza?
Empezaron a meterse por calles más anchas, pero pronto volvieron a las callejuelas. Parmena parecía extraña, peligrosa pero sobre todo, vulgar por la noche. Ylenia se encogió de hombros. Si fuera por ella se iría directamente de ahí. Pero estaba él. Lo llamaba irremediablemente, y la chica estaba decidida a conocerlo un poco más. Volvió a la realidad cuando este se fue hacia la derecha, en una especie de brecha ancha. Apenas cabía, pero pasó con naturalidad. Ylenia lo imitó sin esfuerzos, y lo miró nuevamente. Decididamente, le caía cada vez mejor.
De repente, se paró con brusquedad. La chica casi se topó con él; alzó la vista para ver a lo que le prestaba atención.
Una enorme casa sin luces estaba delante de él. Parecía desocupada, pero no abandonada. Cual fue su sorpresa al ver que el chico sacaba una llave y la introducía en la cerradura.
-¿Es tuya...?
-Nilo. Me llamo Nilo.
Ylenia abrió los ojos al máximo en la inmensa penumbra de la casa. Esta estaba polvorienta, a pesar de que no parecía abandonada. Una capa de algo parecido a ceniza recubría todo el suelo, y Ylenia se sintió incómoda en ese lugar. Le daba asco, y cerró su olfato durante un momento para no oler el olor a quemado. Era un olor que reconocería en cualquier sitio, pero le traía demasiados malos recuerdos. Nilo había observado su evidente malestar, y murmuró a su intención:
-Lo sé. Te lo creas o no, en esta casa se ha cometido un doble asesinato
. Ylenia se volvió hacia él, con un sentimiento nuevo que le desgarraba el corazón. Intentó eclipsarlo, pero lo consiguió a duras penas. En vez de expresarlo, preguntó:
-¿Quién y cuando?
Nilo la miró, los ojos burlones y una sonrisa pícara en los labios.
-Demasiadas preguntas para una sola persona. ¿Cuando? Hace poco. ¿Quién? Mis padres. Los ojos de Ylenia acogieron esa noticia con tranquilidad, impasibles. Pero su interior gritaba de dolor, de desesperación y algo...extraño.
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Miér Nov 05, 2008 6:01 pm

Este chico me cae bien, no sé por qué, pero recuerdo que me caía bien...
Mmmm... ¿Por qué asesinaron a los padres de Nilo? O lo leí y no me acuerdo o no lo leí... (espero que sea lo segundo...)
Pues bueno... (espero que no te importe que te deje micro comentarios, pero no sé qué decirte...)
Sigue cuando puedas... (:
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Localización : Mirando las lágrimas que corren por le cristal. ¿Quién sabe si son mías?

MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Jue Nov 06, 2008 9:01 pm

Sigo hasta que llegue al lugar dónde lo dejamos...

¿Qué era ese sentimiento?
Nilo le dio la espalda. La chica oyó un crujido, el característico que hacía la madera carcomida. No movió ni un músculo, pero estaba preparada para defenderse. Podía haber cambiado de idea y decidido atacarla con un simple palo de madera. Aunque era improbable no era imposible.
El chico se volvió hacia ella, sonriente.
-Pensé que quizá estuvieras más cómoda en una cama, que aún carcomida es un poco confortable.
Se retiró y una cama grande, que al parecer estaba hecha para alguien de su edad apareció en el campo de visión de Ylenia. No pudo evitar una mueca de agrado. Se acercó a la cama y la rozó con sus dedos fríos. Era de madera de roble-espanto, un árbol que sólo “aparecía” las noches de luna llena. Una presa dificilísima de cazar.
-No hace falta que me des las gracias. No soy yo que lo ha cazado.-dijo Nilo.
Ylenia lo miró a los ojos, agradecida. Nunca había experimentado eso de sentir agradecimiento hacia alguien. Sabía que no era bueno dejarse llevar, pero mejor dar las gracias que…mejor no pensarlo.
-Normalmente dormía en un lecho de paja, y no estoy acostumbrada a lo confortable. De todas maneras, gracias. Tú también deberías dormir en una cama de roble-espanto.
Nilo esbozó una sonrisa tímida, molesto.
-Siempre meto la pata. Es de naturaleza.
La chica no se pudo retener; empezaba a caerle realmente bien, y sentía muy a su pesar una ola de cariño por él. Soltó una pequeña carcajada. El chico la miró, alegre, y se sentó en una silla.
-Se está haciendo tarde. Lo mejor será dormir.
Pero Ylenia no quería dormir así, por las buenas. Dirigió su mirada a los ojos del chico y preguntó:
-Me ofreces un refugio sin pedirme nada. No veo eso normal. ¿Qué quieres a cambio?
Nilo se repantigó cómodamente en la silla y dijo:
-No pensaba pedirte algo como comida u oro, pero me pica la curiosidad. ¿Qué haces en Parmena? ¿Adónde te diriges? ¿Quién eres?
Ylenia se sentó en la cama y empezó a hablar:
-Mis padres y mi familia adop…han muerto hoy. Necesito información sobre digamos, una raza urgentemente, y pienso ir a Elikumos la ciudad luz.-Nilo soltó un silbido-Me llamo Ylenia, pero no te diré de donde vengo. Eso será algo secreto.
-Yo quiero irme de aquí.
-Pues vete.-le respondió Ylenia, sin darle importancia- nadie te lo impide, ¿o sí?
Nilo se sobresaltó de golpe y la miró con cara rara. Había algo de temor en sus ojos, pero también un profundo…respeto.
-No lo entiendes. Odio este lugar; no es mi casa.-dijo con voz entrecortada- Y si he esperado, ha sido por que algo me ha retenido aquí.
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   Dom Nov 09, 2008 8:47 pm

Nilo me cae mejor que antes... Ha sido creo yo, por lo de:
-Siempre meto la pata. Es de naturaleza.

Mmm... Ya no me acuerdo de lo que le retenía aquí, aunque sí me acuerdo de otra cosa(no lo diré por si alguien lee el nano comentario...)

La verdad, no sé qué más decir, me gustaría poder hacer comentarios pasables, al menos, intentando que mejoren, pero no se me ocurre nunca qué decir... X.X >.<

Bueno, sigue cuando puedas...
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MensajeTema: Re: Ojos tenebrosos   

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Ojos tenebrosos
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