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 Laberinto (RC's)

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Prosa
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Fecha de inscripción : 23/05/2008
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Localización : ¿Quién sabe?. Soy el rayo de sol que se cuela por tus ventanas. El viento que cabalga sobre tu piel

MensajeTema: Laberinto (RC's)   Miér Jul 09, 2008 3:47 pm

Colgaré aquí mis relatos cortos, espero que les gusten.

_ _ _


Las finas agujas de agua se estrellaban contra el vidrio. Las observaba, hipnotizada, y pegué la mejilla a la ventana, tan sólo para sentir la frescura. O quizás para evitar mirarle a la cara. Su mirada le dolía. Aquellos momentos sangraban en su interior.
–No eres como antes. Has cambiado. –señalé con una voz que en ese momento, no reconocí como mía.
–Crece de una vez. No podía ser toda la vida un niño soñador.
Sus pestañas que arañaban el corazón. Enmarcaban una mirada burlona, cínica. No era su mirada. Aquellas palabras me humillaron. Me sentía estúpida. Absurda, en mitad de un sueño imposible.
–Siento mucho ser demasiado pueril para ti.
–Vamos, no te pongas así. ¿Vas a decirme que tú si cumpliste tu promesa?
No respondí. No era más que una niñata ilusa e inmadura.
Él me miró, impasible, incluso con un asomo de… ¿compasión? Yo me apreté más contra el cristal, deseando ser tragada por él, desaparecer de un momento a otro. Puso su mano en mi hombro. Me dolía que lo hiciera. Que se apiadara de mí. Me zafé de él.
–Mira. –dijo, señalando el cielo.
No lo hice.
–Oye, lo siento si te he herido, pero la gente cambia.
–Si no eres el mismo, no tenemos nada que hablar. Creo que… después de tantos años sin verte, idealicé demasiado el reencuentro. No me sentía libre por creer que te echaba de menos. He descubierto que no me sentía libre porque pensaba que era mi obligación estar a tu lado.
Apenas una leve mueca en su inmaculado rostro.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que ya me toca echar a volar.
Durante un segundo, sólo eso, tuve la tentación de mirar atrás, de buscar su mirada. Pero, ¿para qué? De todas formas sabía que no trataría de detenerme.


_ _ _

Cuando cayó, ya no estaban. Habían desaparecido, dejando un rastro de sufrimiento y recuerdos en su lugar. Sólo sintió un dolor sordo, trató de gritar, pero no tenía fuerzas. Su vida se apagaba poco a poco, como una estrella demasiado vieja, sin que nadie hiciera nada por evitarlo. Él estaba allí, impasible, curioso. Sin darse cuenta de que ella habría dado cualquier cosa para que no la viera así. Había retrocedido, era como si le hubieran arrancado de cuajo un trozo de su vida, su historia. Estaba muriendo, pero no le importaba. No le importaba, porque había descubierto que a él no le importaba. Al principio, se negaba a creer que había sido él. Después de tanto tiempo juntos… Fue él, y no otro, quien la acogió cuando estaba perdida. Quien le dio cobijo, quien la dibujó a carboncillo en su cuaderno azul. Fue quien la admiró, quien dijo que era hermosa, y especial, diferente a las otras. Quien la alabó, hasta hacer que sus colores brillaran más aún. Quien se abrió un camino en su corazón, siempre paciente. Solía decir que era importante que se cuidara, que debía proteger su belleza y su rareza. Pero ahora sabía que él la había engañado, que siempre tuvo otras intenciones. Trató de negarse, pero era demasiado débil. La vio caer al suelo, pero no le tendió la mano. Si hubiera tenido lágrimas, habría llorado.

El niño se llevó lo que necesitaba, y dejó lo que quedaba del insecto en el suelo del jardín. Entró de nuevo a su casa, y abrió un cuaderno de tapas azules. Pasó las páginas, repletas de sus trofeos, y cogió un pequeño alfiler de una cajita de plástico. El lugar que había preparado cuidadosamente para ella, allí fue donde dejó las alas de la mariposa que atrapó cuando revoloteaba desorientada alrededor de las violetas. Cerró de nuevo el cuaderno, y guardó su colección en el cajón.


_ _ _

Pondré más...
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MensajeTema: Re: Laberinto (RC's)   Vie Ago 08, 2008 9:54 pm

Bueno, pongo uno más. Esto es el relato que hice para el concurso de Navidad del anterior desván, pero lo he retocado y puesto otro final. Wink

- - -

24/12/2005

Los copos de nieve caían, coloreando de blanco la oscuridad de la noche, que intentaba sin éxito disminuir las impertinentes luces dañinas de la gran ciudad. Caían uno a uno, inventándose danzas espectrales, flotando en el gélido clima de invierno. Era tan hermoso, que Lúa sonreía, sin sentir el tacto frío de las motas níveas sobre la piel desnuda e indefensa de su rostro. Caían con un baile monótono y espontáneo a la par, hipnotizando por completo la mente de la chica cargada de bolsas. Una voz, que en principio se le antojó lejana y distante, se volvía diáfana y cargante en sus oídos. Poco a poco, salió del trance, y logró entender las palabras que trataban entrar importunamente en ella.
-¿Se puede saber dónde tienes la cabeza, niña?- Lúa se giró poco a poco, intentando disimular su fastidio por haberla arrancado tan despiadadamente de su ensoñación. Vislumbró a una mujer de avanzada edad y con la cara surcada por las arrugas. Llevaba un abrigo de piel, el cabello rizado y veteado por las canas, y una pamela negra de aspecto antiguo. Su mirada penetrante e irritada se clavaba directamente en ella. Un momento después, se percató de que habían muchas bolsas esparcidas por el suelo nevado de la calle.- ¿Por qué estás ahí parada en mitad de la acera? He tropezado contigo, porque estabas mirando hacia el cielo como un pasmarote.
-Lo… Lo siento mucho.- se eximió titubeante mientras se agachaba a recoger las pertenencias de la desconocida. Luego se las tendió con una sonrisa conciliadora, y añadió- discúlpeme, no era mi intención.
La mujer se alejó despotricando tras echarle una última mirada fulminante. Lúa se ruborizó más que nunca, y caminó a paso ligero hasta un callejón. Una vez allí, se apoyó en la pared, intentando sentirse de nuevo como se sintió antes de que le reprendieran. La gente, tan ajetreada, se volvía especialmente irrespetuosa en un momento en el que, según decían, se debía ser cordial. Algo relacionado con aquello que los hipócritas llamaban “espíritu navideño”.

Se dirigió a su casa, absorta en sus cavilaciones. Había avanzado una veintena de metros cuando descubrió un grupo de gente reunida cerca de la pared de un centro comercial. Se dirigió hacia allí, picada por la curiosidad. Caminó con dificultad entre la gente, hasta que consiguió ver lo que tanto atraía la atención. Se trataba de un mimo callejero haciendo un complicado número. Las demás personas se reían, pero ella no lo consideraba cómico. En cambio, le asombraba, y contempló ensimismada la actuación del artista urbano con admiración. No supo cuánto tiempo estuvo mirándolo, pero cuando se quiso dar cuenta, los demás se habían dispersado, y era la única que continuaba allí, observando cómo el simpático hombre actuaba sólo para ella. Era joven, en realidad. Su cabello era oscuro, y sus ojos amables eran dos almendras. Tenía una sonrisa cariñosa, y su rostro estaba cubierto de maquillaje blanco. Vestía una camisa de rayas negras y blancas horizontales, y un pantalón negro.
-¿Cuánto tiempo he estado aquí?- exclamó de pronto la joven, nerviosa.
-Tranquila. No ha habido tiempo.
Ella le miró, extrañada por primera vez. No entendía qué quería decir con ello, aunque supuso que sería parte del espectáculo.
-Creía que los mimos no hablaban- observó, olvidándose de que tenía que irse. Le había intrigado, y la curiosidad siempre fue su punto débil. No sabía por qué, pero quería hablar con él, darle conversación.
-No, hija, no hablamos con las personas que no escuchan. Pero sé que tú no eres así. Lo dice tu mirada. Es posible que seas la primera con la que hablo desde que me dedico a esto.
-No lo entiendo.- mintió, ya que lo sospechaba.
-Seguro que sí. Yo soy Bowie, ¿y tú?
Se preguntó por un instante si debía decirle su nombre a un completo desconocido, pero sentía como si lo conociera, aunque se reprochó semejante idea.
-Lúa. Me llamo Lúa
-¿Lúa?- rió.- ¿Eres Lúa, o simplemente te llamas así?
-Tampoco lo entiendo.- apuntó, siendo sincera esta vez. Él agachó la cabeza señorialmente, como un saludo.
-Me alegro de conocerla, señorita Luna. Siempre me ha gustado mirarla desde abajo. ¿A qué se debe su visita?
Ésta vez fue la chica la que rió.
-¿Así que conoces el significado de mi nombre?- le interrogó en el mismo tono, para seguirle el juego.- Bien, entonces me temo que tendré que matarle, pues se trataba de mi más oscuro secreto.- dijo, fingiendo una sonrisa taimada.
-¡Piedad! Si me perdonáis la vida, juro no confesarle a nadie cómo os llamáis, y os haré un regalo de Navidad para compensaros.- ignoró la mueca de Lúa, y prosiguió.- ¿Qué deseáis? Pedid algo difícil, aprovechaos.
Ella no se lo pensó mucho, y decidió algo complicado para averiguar hasta dónde quería llegar con el juego.
-Quiero volar, para regresar al cielo, de donde provengo. Un niño, jugando a lanzar piedras, alcanzó mi soporte y me descolgué, cayendo de lleno aquí.
-¡Perfecto! Podremos hacerlo juntos.- sonrió Bowie, con un brillo extraño en los ojos. Lúa se quedó helada por la decisión de sus palabras, y comenzó a sospechar que quizás era un loco. El timbre de su móvil le pareció sonar a la salvación, aunque una parte pequeña de su ser, la parte soñadora, la que contempla abstraída los copos de nieve, no quería contestar. Pero su parte humana fue más rápida, y se descubrió a sí misma contestando, y escuchando la voz de su madre a través del aparato. Colgó después de un “Ya voy” y un “En seguida estoy ahí”. Se volvió pensando la manera de decirle al mimo que se iba, pero no encontró ni tan siquiera las huellas en el suelo nevado. Volvió a su casa, con un nudo en la garganta, y nunca fue capaz de hablar con nadie de lo sucedido aquella noche de Navidad. Pero, en su mente, quedó para siempre aquella parte que se preguntaba una y otra vez, qué hubiera ocurrido si no hubiera cogido el teléfono.

24/12/2008

Lúa despertó del sueño jadeando. Estaba empapada de sudor frío, y el corazón parecía a punto de estallar dentro de su pecho. Miró el reloj digital de su mesilla de noche, no eran más que las 6:03 de la mañana, pero sabía muy bien que no podría volver a dormirse. Bufó y se quitó las mantas de encima. Se cambió con rapidez, había decidido salir a la calle a despejarse. Había olvidado completamente la pesadilla, siempre le pasaba lo mismo. Se puso una gabardina color vino sobre la camiseta y salió finalmente a la calle. El cielo estaba tan gris que parecía un pañuelo que se hubiera utilizado para limpiar el hollín de una chimenea. Caminó un rato largo, sumergida en un trance a mitad del sueño y el desvelo, y sus pasos la guiaron inconscientemente a la plaza del barrio. Allí, la muchedumbre fluía animada, con el nerviosismo típico de la víspera de Navidad, a pesar de ser tan temprano. Lúa reprimió una sonrisa burlona, al fin y al cabo, ella ya no llevaba bolsas encima, ni tenía que regalar nada a nadie con tanto apuro. Hacía unos meses que se había independizado, y pensaba entregar los regalos varios días después, cuando su familia regresara del viaje a Londres. Aquella plaza tenía un extraño significado para ella, hacía tres años se encontró con un extraño mimo al que añoraba por alguna razón que desconocía. Desde entonces, había regresado cuatro veces con la absurda esperanza de encontrarse con él. La primera, el día después de la Nochebuena en la que se encontraron esa vez, la segunda y la tercera, hacían dos y un año respectivamente, en la Víspera de Navidad de cada uno. La cuarta, ese mismo día.

Ya era mayorcita como para estar esperando reencontrarse con un extraño artista ambulante al que sólo había visto una vez, pero no podía evitar hacerlo. Ese día, como los anteriores, tampoco había tenido suerte.
¿En qué estaba pensando? Seguramente iba deambulando de una ciudad a otra y ya no volverá más, es probable que sólo viniera por casualidad. Sin embargo, no se sentía estúpida, una tenía que conservar los recuerdos, y las costumbres. Sintiéndose terriblemente cansada, regresó a su casa y allí se topó con el cartero –¡qué madrugador!- introduciendo una carta en su buzón. Una carta con rayas horizontales blancas y negras.
–¡Espere!- casi gritó. ¡Oh, vamos! ¿De verdad creía que podría ser suya? Era cierto, esa clase de sobres no eran muy comunes, pero sin embargo…
–Vaya, hola señorita. ¿Es usted…?
–Sí, sí. ¡Soy yo, sí! ¡Déme eso!- interrumpió descortésmente al hombre. Él frunció ligeramente el ceño y le tendió el sobre. Después se marchó, sin más, pero eso no le importó lo más mínimo a Lúa, que le dio la vuelta al sobre para mirar el remitente. No había, así que decidió abrir el sobre allí mismo, en medio de la calle. En un primer momento se preguntó si no sería peligroso, pero se reprochó a sí misma que se le ocurriera semejante tontería. ¿Qué podía haber dentro, una bomba?

En el interior del sobre había dos cosas. Sacó la primera, impaciente.

Era una fotografía del cielo, pero el cielo más hermoso que jamás había visto. Unas nubecillas de algodón se abrazaban formando formas caprichosas, y el color del cielo era tan intenso que casi no parecía real. No se vería nunca un cielo como ese en aquella apestosa ciudad, pero Lúa sintió que tenía todo el firmamento en la palma de su mano.

La segunda cosa era un papel arrancado de una libreta, de rayas.

“Saqué esta fotografía para ti.
Te prometo que volarás cada vez que la mires, los dos podremos volar juntos finalmente.
Perdona por el retraso, me costó encontrar el cielo adecuado.
Espero que te guste mi regalo.
Feliz Navidad, Luna.”
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